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Narcisos

Cuando conocí la obra de Akram Zaatari, gracias al MUSAC, me pregunté si algún día llegaría esa poética al campo de la producción artística nacional. Su discurso, altamente político, destilado por las experiencias personales, reivindica el grito de lo personal es político; aborda el terreno de los afectos recurriendo al cuerpo como imagen cargada de códigos socioculturales. Sabiendo que su obra queda enmarcada en el mundo árabe, su discurso se potencializa y se intuye la capacidad revolucionaria de sus piezas.

La sociedad occidental está tejiendo un entramado de redes sociales para trapecistas emocionales. Redes que en muchos casos fallan en las lagunas representativas de la meticulosa fotogenia que las generan.
En un contexto en el que las relaciones humanas se han categorizado hasta el punto de formar catálogos existencialistas (Facebook, Twitter, Instagram, Pinterest, LinkedIn…), los vínculos afectivos quedan condicionados por el ámbito del que nacen mostrando los usuarios determinadas facetas asociadas con los valores promovidos colectivamente en sus posts.

Cuando escucho la palabra asociación cultural me invade un olor a naftalina que incluso la gente que me rodea se aleja de mí pero son ciertas relaciones las que me hacen olvidar esa sensación como es el caso de Diego de los Reyes y Zaatari.
Existe un dilatado sector de la sociedad –para quien todavía no lo sepa- en el que el consumo de representaciones ha quedado normatizado debido a la inserción en los catálogos de oferta pública, como son las páginas/aplicaciones de contactos. Diego de los Reyes ha generado una reflexión plástica entorno al paradigma de las fotografía de tíos con móviles (David Trullo) lanzando un cuestionamiento de lo que pueda significar hoy en día exponer las construcciones visuales de nosotros mismos.

Tribus no tan ancestrales temían que la fotografía robase el alma del retratado y, lo que es peor, su voluntad –idea nada descabellada desde la visión fenomenológica de Husserl- quedando esta idea obsoleta hemos caído en su antagonismo. Nos vendemos en un mercado regido por las condiciones cuasi fascistas donde el elogio al cuerpo predomina como funcionalidad fidedigna, reduciendo la axiología a una mera anécdota precoital.

Diego de los Reyes analiza la meticulosa fotogenia de cierto estereotipo de hombres que, por el hecho de ser tal, acaban configurando unos valores simbólicos, más allá de los fetiches de cada uno, por los que la sociedad sigue irguiéndose (eufemismo de empalmarse, por dejarlo claro).  Con su exposición actual ha reconfigurado la figura de Narciso ensamblándola en las circunstancias actuales, de tal modo que nos resulta más familiar que nunca entender por qué Narciso acabó cayendo al agua.

Para concluir este post, qué mejor forma que contar con la opinión de Diego de los Reyes en dos de los aspectos que de una forma u otra han aparecido en estas lineas.

DOZE Magazine: ¿Desde qué perspectiva abordas la pintura en tu producción artística?
Diego de los Reyes: Por lo general siempre digo que, para mi, la pintura es una excusa, es solo un medio con el que poder apropiarme o hacer mía la imagen de los demás. Es la forma que tengo de construir mi mundo y de exponer ideas de construcción de identidad por mediación de la representación. Me gusta el concepto de apropiación y elevación que tiene la pintura y, gracias a esto, consigo hacer un fetiche de estas imágenes que no me pertenecen.

DM: ¿Crees que afectan las representaciones visibles en las redes sociales a las construcciones sociales del género?
DDLR: Definitivamente sí. Mi investigación empezó con la construcción de identidad a través de la corporeidad masculina y su sobre exposición en el cine de los años 80 y la publicidad en la década de los 90. Es un medio muy eficaz para trasmitir mensajes, ideales y valores.
En la actualidad tenemos la posibilidad de crear y trasmitir tu propia construcción de identidad en los medios de comunicación de masas, y esto incluye tus perfiles en las redes sociales. Sin duda, el elemento primordial son las autorrepresentaciones y la sobre exposición de nosotros mismos que tienen implícita estos medios, de este modo cubrimos la necesidad de enseñar a los demás qué y cómo somos aunque sea de una forma distante, segura y deshumanizada.
Pertenecer a un grupo y asumir sus ideales y valores te hace sentir acompañado pero, al mismo tiempo, te hace ser etiquetado, clasificado y estudiado.
Puede que gracias a las redes sociales la identidad de genero se esté trasformando, sobre todo por su visibilidad, aunque construir desde cero es complicado. Por lo tanto, creo que lo que vivimos en la actualidad son revisiones de identidad de genero ya conocidas pero enfocadas desde otro punto de vista.

Texto: Ignacio Tejedor