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“Me ha costado mucho encontrar mi lugar en el mundo”

 

Ecuador, Colombia, Francia, Australia, Argentina… y quién sabe lo que deparará el futuro. Eso sí, de momento Paola Gaviria, conocida en los mentideros culturales como PowerPaola, se encuentra la mar de cómoda en Buenos Aires y no tiene intención de moverse a corto plazo. Atrás quedaron sus primeros años en Quito, el paso a una adolescencia rebelde en Cali (donde estudió Expresión Artística en la Universidad Javeriana) o el acceso a la adultez en Medellín (para cursar Artes Plásticas en la Fundación Universitaria de Bellas Artes y, de paso, cofundar el colectivo y galería Taller 7).

Más tarde llegarían sucesivos traslados a París (tras obtener en 2003 una residencia en la Cité Internationale des Arts), Sídney (que la vio trabajar de cocinera) y la mencionada capital bonaerense, último sello de un pasaporte que, de alguna forma, también plasma un proceso de aprendizaje. Con cada destino, la maleta se llenaba de nuevas experiencias personales y artísticas, un bagaje imprescindible para que Gaviria (Quito, 1977) pudiera enfrentarse a la creación de obras como Diario de PowerPaola, La Madremonte, Por dentro / Inside o el que hasta la fecha es su único título publicado en España, Virus tropical (Mondadori), novela gráfica donde la dibujante muestra sus primeros años de vida en el seno de una familia que, en ocasiones, no se podía catalogar precisamente como un remanso de paz.

DOZE Magazine: Has viajado muchísimo a lo largo de toda tu vida: París, Sídney, Buenos Aires… ¿Qué te ha impulsado a moverte tanto?
Paola Gaviria: Nunca me lo propuse, se fue dando de esa manera. Y no sólo como adulta, sino ya desde que era una niña: nací en Quito, me mudé con mi familia a Cali, luego estudié en Medellín, más tarde disfruté de una beca en Francia… Años después me casé y, como mi marido quería hacer un máster de escritura creativa, nos marchamos juntos a Australia. Como ves, todo se dio de una forma muy natural, no es que haya vivido con la necesidad permanente de cambiar de aires.

DM: Y de todos esos lugares, París tuvo una importancia muy significativa.
PG: Descubrí lo que quería hacer con mi vida. El arte siempre me había llamado mucho la atención, pero nunca había terminado de lanzarme. En París se dieron una serie de circunstancias, personales y profesionales, que me animaron a dar el paso definitivo.

DM: Pero tú habías tenido contacto con ese mundo desde la adolescencia.
PG: Sí, pero en Colombia siempre tuve una sensación extraña, porque la gente que me rodeaba no se lo tomaba muy en serio. Además, tampoco tenía muy claro si el arte se podía convertir en un modo de vida. Luego me trasladé a París y descubrí que aquella posibilidad era real, que sólo necesitaba tener mucha pasión en mi empeño de ser artista. El dinero no era lo más importante, sino poder construir la vida que yo quería vivir.

Cuando estudiaba Artes Plásticas en Medellín, sólo había una galería en toda la ciudad. Y encima, reservada exclusivamente a los hombres, así que el trabajo de las mujeres lo tenía muy difícil para salir adelante. Esa situación ha cambiado muchísimo, pero las mujeres, en mi época, sólo podían ser artistas de una forma muy determinada, casi siempre con un rollo muy conceptual. Yo quería dibujar, pero en Colombia no existía esa opción. Más tarde llegué a Francia… ¡y vi que podía hacer lo que me diera la gana!

DM: ‘Virus tropical’ es la historia de una outsider.
PG: Me ha costado mucho encontrar mi lugar en el mundo. Primero tuve que darme cuenta de que no existe la normalidad, que no hay lugares estables, que no importa si me dedico a la pintura y al dibujo, que en el mundo del arte soy ilustradora y que en el mundo de la historieta soy artista… Me preguntaba: “¿Dónde debo estar?”. Ahora ya no me preocupo por eso, porque es como si pelearas contra las etiquetas que te ponen los demás. Uno debe hacer lo que quiere, lo que le motiva de verdad.

Supongo que he aprendido a ver y sentir lo que realmente me gusta, como el trabajo de ciertos artistas, músicos o escritores. No hay nada imposible y todo puede convivir sin problemas. Lo interesante hoy en día es que no hay una única forma de ser, de vestir o de pensar, sino que hay posibilidades y público para todo. En general, existe un panorama mucho más abierto en todos los ámbitos de la vida, incluido el del arte.

DM: Y teniendo en cuenta esas múltiples opciones, el concepto de “normal” se transforma en algo bastante difuso.
PG: Todos queremos tener una familia normal y ser personas normales, pero ¿cómo se define esa normalidad? Creo que no se puede. Tenemos interiorizados un montón de ideales que no se ajustan a la realidad. Tras la publicación del libro, mucha gente me ha comentado que se siente identificada con las historias que cuento sobre mi familia. Y es curioso, porque de joven siempre me estaba repitiendo lo mismo: “¿Por qué no puedo tener una familia normal?”. Con el tiempo te das cuenta de que no sólo te ocurre a ti, sino a muchísimas personas, así que llegas a la conclusión de que no hay ningún patrón que defina lo que debe ser una familia normal.

DM: ¿Cómo nació Taller 7?
PG: Me junté con mis compañeros de la Escuela de Bellas Artes y alquilamos una casa vieja en el centro de Medellín. Siempre habíamos tenido la inquietud de trabajar formatos más grandes, así que buscamos un lugar con mucho espacio y dividimos las habitaciones, de forma que cada uno tuviera su propio taller.

Luego se presentó el tema de pagar el alquiler, porque éramos muy jóvenes y no teníamos mucho dinero. Al final decidimos organizar exposiciones mensuales en las que aprovechábamos para vender cerveza y comida, y la verdad es que funcionó bastante bien. Como te decía antes, en esa época sólo había una galería en Medellín, así que la nuestra se convirtió en un lugar importante, una alternativa para mucha gente que quería mostrar su obra. Ahora acaba de cumplir diez años.

DM: ¿Sigues siendo parte activa o te has distanciado un poco?
PG: Formo parte del taller, pero vivo en Buenos Aires y no puedo participar en las actividades tanto como me gustaría.

DM: ¿Cómo ves el panorama del cómic en Latinoamérica?
PG: Cada vez hay más autores. Y con obras muy bien hechas. Internet ha permitido que todos esos dibujantes se conocieran y, poco a poco, fueran desarrollando unas alianzas en países como Perú, Colombia, Bolivia, Argentina o Uruguay. No hay muchas historietas largas, pero se están haciendo tebeos cortos muy interesantes. La situación ha cambiado muchísimo en los últimos años.

DM: En Argentina colaboraste con Historietas Reales, un blog de cómics muy prestigioso.
PG: Creo que Argentina siempre ha tenido una gran tradición de tebeos y dibujantes. En Colombia también ha existido, pero de una forma más intermitente y con grupos muy pequeños. En todo caso, ahora tenemos varias plataformas donde los autores pueden enseñar su trabajo, como Historietas Reales o Larva, una revista colombiana que ha creado una tribu muy interesante, formada por muchos dibujantes que se ayudan unos a otros.

DM: Volvamos a 2003, año de tu llegada a París.
PG: Encontré mi camino. Comprendí que mis dibujos servían para un cómic, para ilustrar una novela o para ser expuestos en una galería. Sin restricciones.

En la universidad me gradué como pintora y, tras mudarme a París, presenté mi portafolio en varias galerías. Al final di con Miss China Beauty Room, donde prácticamente no le hicieron ningún caso a mis cuadros. Sin embargo, los dibujos les interesaron desde el primer momento, hasta el punto de que organizaron mi primera exposición individual, en agosto de 2004.

Fue entonces cuando empezó mi inquietud por la historieta. Llevaba muchos años dibujando, pero nunca había intentado hacer un cómic. Empecé a fijarme en la obra de autores que, aunque no practican la historieta, son muy importantes en el mundo del arte, como David Shrigley, Chris Johanson o Marcel Duchamp. Son ilustradores, narran, sus trabajos tienen texto… Justo lo que yo quería hacer.

DM: Y lo empiezas a poner en práctica en 2006, cuando vivías en Australia.
PG: Trabajaba en la cocina de un restaurante y sentía que la vida se me escapaba de las manos, que jamás cumpliría mi sueño de ser artista. Necesitaba sacarme de encima aquella tristeza, así que empecé a dibujar historietas. Fue algo terapéutico, porque pude materializar algo que estaba viviendo de una forma muy intensa.

Eso requería, por un lado, entender el dibujo, y por otro, pensar lo que quería decir y cómo quería decirlo. Siempre me habían interesado las historias de autoras como Noga Rauch, Ulli Lust, Marjane Satrapi o Julie Doucet, porque estaban narradas de una forma muy particular, distinta a todo lo que había conocido. Además, había detalles muy íntimos, no les importaba contar aspectos privados de su vida. Y si a ellas no les daba miedo, ¿por qué me tendría que dar a mí?

DM: Una frase rescatada de otra entrevista: “Trato de evitar el cliché de lo femenino”.
PG: No me asustan los clichés. Creo que mi trabajo es femenino, pero no quiero que sea el único adjetivo que defina mis historietas, porque sería injusto. Y no sólo para mí, sino para todas las mujeres. “Tu obra es muy femenina”. ¡Obviamente!

DM: Vamos, que te molesta la etiqueta.
PG: Ni me molesta ni me deja de molestar. Sencillamente, me parece una enorme falta de imaginación. Creo que se puede ir más allá. A muchos hombres les atraen las historias escritas por mujeres, porque nuestro trabajo resulta más expresivo, detallista... Hay múltiples razones y cada autora es un mundo.

DM: ¿Qué diferencias existen entre un cómic realizado por una mujer y uno realizado por un hombre?
PG: Hay una manera femenina de narrar, pero conozco hombres que narran de una forma femenina y mujeres que lo hacen de un modo masculino. Creo que está más relacionado con lo femenino y lo masculino, no con las mujeres y los hombres.

DM: Continuemos con tus viajes: en 2008 llegas a Buenos Aires.
PG: Habíamos estado dos años en Australia, teníamos algo de dinero ahorrado y nos apetecía seguir viajando. Buenos Aires era un sueño que siempre habíamos tenido y, por otro lado, en aquella época era bastante más barato vivir allí que en Colombia. Mi exmarido, que es dramaturgo, se dedicó a escribir, mientras que yo me puse a dibujar. Así conocí a los responsables de Historietas Reales, que me propusieron participar en el blog. Me vino muy bien esa experiencia, porque hasta entonces nunca había hecho tebeos en serio.

DM: Después de tanto movimiento, ¿te gustaría establecerte en Buenos Aires?
PG: Es una ciudad que me encanta y espero quedarme mucho tiempo, porque puedo andar por sus calles sin paranoia. Viví una época en Bogotá y me lo pasé muy bien, pero me parecía un poco hostil. Salía a pasear o a montar en bicicleta y siempre iba preocupada, teniendo cuidado de que no me pasara nada. Era una sensación bastante común entre la gente. En Argentina me he encontrado con una vida mucho más tranquila.

DM: ‘Virus tropical’ se publicó originalmente en Colombia.
PG: La Silueta, una editorial independiente, fue lanzando el cómic a medida que yo lo iba desarrollando. Al final salieron tres libros, el primero en septiembre de 2009.

DM: Y al mismo tiempo que pasabas páginas a la editorial, también las ibas colgando en Historietas Reales, donde Liniers vio tu trabajo.
PG: Pero Ricardo y yo ya nos conocíamos, porque él había entrado algunas veces en mi blog para comentar que le gustaban mis dibujos. Más tarde, cuando empecé Virus Tropical, se convocó un concurso de literatura en Colombia y le pedí que fuera mi tutor, a lo que aceptó encantado. Quedé en segundo lugar y fue entonces cuando me dijo que iba a montar La Editorial Común y que le gustaría publicar mi cómic.

DM: Tus dibujos no sólo le gustaron a Liniers, sino también a muchísimos aficionados que te conocieron a través de Internet.
PG: Es algo que todavía me sorprende, porque tengo un estilo poco convencional, pero tampoco podría dibujar de otra forma. Por más que intento hacer dibujos realistas, al final siempre me salen esqueletos (risas). Las cosas que me atraen tienen mucho que ver con el arte marginal, me gustan más los dibujos expresivos que los virtuosos.

DM: Aunque luego seas muy detallista…
PG: Las cosas pasan cuando hay un diálogo, pero alrededor de ese diálogo también están ocurriendo un montón de situaciones distintas. Intento que mi narración se complemente con esos detalles que, en principio, pueden parecer secundarios. En esto siempre me inspiró mucho Julie Doucet, que tiene esa capacidad a la hora de plasmar las cosas pequeñas. No sabes muy bien qué es, pero hay algo que te invita a quedarte en la viñeta durante todo el tiempo que quieras. De alguna forma, yo intento conseguir esa misma sensación.

Por otro lado, creo que en todo esto hay un punto de costumbrismo, de amor por lo cotidiano. Me encantan las pinturas primitivistas, porque se nota la necesidad de los autores por expresar su realidad, al margen de que sus obras puedan ser más o menos vistosas.

DM: Y tú expresas la realidad por medio de obras autobiográficas.
PG: Es una forma de vivir el presente, de agarrar las cosas que uno está atravesando, de materializar algo que estás viviendo en un momento determinado.

DM: Y eso es lo que has hecho en tu último trabajo, ‘Diario de PowerPaola’.
PG: La editorial argentina Jellyfish se puso en contacto conmigo para publicar Virus tropical, pero ya me había comprometido a sacarlo con Liniers, así que les ofrecí mis libretas. Siempre llevo una conmigo y dibujo lo que me resulta significativo, experiencias que quiero guardar, aunque se trate de situaciones tan corrientes como un viaje en metro o un paseo por el barrio. En 2011 me propuse hacer un dibujo, una historieta o una ilustración cada día, y esos son los materiales que luego se juntaron en Diario…

DM: ¿Por qué esa necesidad de contar tu vida, ya sea en clave de pasado o de presente?
PG: Siempre he tenido un poco de miedo al olvido, así que mis historietas son una herramienta para aprehender todos esos recuerdos. Es un registro de mi vida. Y de la vida en general.

Por otro lado, Virus tropical se había convertido en una necesidad. Los recuerdos y las experiencias suelen estar dispersos por tu memoria, pero cuando los pones todos juntos sientes una especie de liberación.

DM: ¿En qué sentido?
PG: Creo que, cuando materializas algo, resulta más fácil abandonarlo. Es como cerrar una puerta, dejar de darle vueltas a lo que hiciste o no hiciste. Los recuerdos se convierten en un relato que puedes leer, dejar en una estantería durante años, volver a leer… y que no te afecte, que puedas hacerlo con naturalidad.

DM: ¿Has vuelto a leer ‘Virus tropical’?
PG: Claro.

DM: ¿Y?
PG: Cuando empecé a dibujarlo me daba un poco de pudor, pero luego, al poco de terminar la última viñeta, sentí que ya había dejado atrás esa parte de mi vida: “Es el pasado, lo viví, ya no es mío”.

DM: ¿No te atrae la ficción?
PG: ¡Al contrario, me encanta! De hecho, es a lo que me gustaría llegar en el futuro, pero quiero que la transición se produzca naturalmente y aún no ha llegado ese momento de “esto es lo que quiero hacer”. He hecho pequeñas historias de autoficción, relacionadas con ciertos momentos por los que he atravesado, pero poca cosa. Eso sí, creo que todos los autores ponen aspectos personales en las obras que realizan, incluidas las que son de ficción.

DM: Si escarbamos un poco en tu bibliografía nos encontramos con ‘Por dentro / Inside’, que tiene un espíritu similar al de ‘Diario…’.
PG: Parecido, pero el planteamiento era muy distinto. Se trataba de una libreta, con unos 200 dibujos hechos a lápiz, en la que me retrataba de diferentes formas: por medio de animales, por medio de objetos, por medio de muebles… Pero siempre en modo autorretrato.

En mi penúltimo viaje a Colombia me encontré con los responsables de La Silueta, que me preguntaron si tenía algo entre manos. La verdad es que en ese momento no estaba trabajando en nada concreto, pero pensé que esa libreta se podía rescatar. Les gustó mucho y la publicaron en una edición de la que estoy muy orgullosa, porque el contenido lo dejaron tal cual, sin modificar un solo dibujo.

DM: Tu relación con La Silueta es muy estrecha, ya que también te publicaron ‘La Madremonte’, donde ilustraste un texto de Enrique Lozano.
PG: Enrique es mi expareja. Estuvimos casados durante ocho años y siempre quisimos hacer un libro juntos, porque nos comunicábamos muy bien y teníamos curiosidad por saber si eso se podía trasladar a un libro.

Por aquel entonces, La Silueta estaba haciendo una pequeña selección de mitos del folclore colombiano. Me preguntaron cuál me interesaba y yo respondí que la Madremonte, también conocida como la Madreselva, porque ya lo había dibujado previamente. El problema es que nunca había sabido cómo narrarlo, cómo ponerle texto a esas imágenes. Llegué a plantearme que fuera una historieta muda, pero luego empecé a leer libros de Edward Gorey, con esos textos tan bonitos… y le propuse a Quique que escribiera a partir de mis dibujos; no era texto ilustrado, sino ilustraciones ‘texteadas’ (risas).

DM: Antes te preguntaba por Taller 7, pero no es el único colectivo del que formas parte, porque en 2008 también fuiste una de las fundadoras de Chicks on Comics.
PG: Conocí a Anna BB, una autora holandesa, y las dos nos preguntábamos dónde estaban las dibujantes, por qué era tan difícil encontrar a mujeres que se dedicaran a la historieta. El caso es que ella tenía unas cuantas amigas, yo tenía unas cuantas amigas, todas éramos autoras… y decidimos abrir un blog para comunicarnos entre nosotras. Durante cinco años hemos mantenido un diálogo a través de las viñetas, porque nuestra idea siempre fue que nos habláramos con dibujos. Hace poco tuvimos una experiencia muy agradable, porque Alphanova, una galería feminista de Berlín, organizó una exposición de nuestras obras.

DM: Por otro lado, en España has hecho colaboraciones en fanzines como ARGH! o Kovra y revistas como La Cabeza.
PG: Lo de ARGH! fue bastante gracioso, porque organizaron una convocatoria de historietas y yo me presenté, a pesar de que no habría dibujado más de dos páginas en toda mi vida. No sé cómo, pero me publicaron y encima dijeron que me iban a pagar. Al principio no podía creerlo, porque sólo había hecho colaboraciones en fanzines de amigos, donde dibujas por gusto. Que me dieran dinero me parecía algo casi irreal.

DM: Te pega mucho el rollo underground.
PG: Me gusta ese espíritu de solidaridad, que la gente se ayude, porque las ideas más interesantes surgen cuando estás en contacto con otras personas. Además, siento debilidad por las cosas hechas a mano, con dedicación y esfuerzo. No hay nada más gratificante.

Asimismo, el cómic estadounidense siempre ha sido importante para mí, con dibujantes como Crumb, Ware, Gabrielle Bell, Sarah Glidden, Alison Bechdel… Me gusta mucho Mark Beyer, quien de hecho es uno de mis autores favoritos.

DM: Entre otros proyectos, actualmente estás realizando una serie en el blog La Poderosa: 'Quiero tener un diálogo con un hombre'.
PG: A partir de mi divorcio empecé a escuchar la misma frase bastante a menudo: “No se puede mantener una conversación con un hombre”. Me parecía una idea tan ridícula que me propuse demostrar la contrario, así que emprendí este proyecto que me ha dejado muchas cosas interesantes. Cada diálogo ha sido totalmente distinto, con sus peculiaridades, una experiencia única y excepcional.

DM: Para terminar, ¿qué puedes avanzar de tu próxima novela gráfica, ‘Todo va a estar bien’?
PG: Es una obra autobiográfica compuesta por cinco historias, cada una dedicada a diferentes personas que me cambiaron la vida. Me gustaría publicarla el próximo año.

Texto: Julio Soria