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"El arte quiere que sepas algo que necesitas saber, pero que serías más feliz ignorando"

El pasado 4 de junio veía la luz la última novela de Daniel Sánchez Pardos, El gran retorno (Planeta, 2013) un paseo por las calles del Londres de finales del siglo XIX, junto a alguien que asegura ser inspirador y fuente informativa real (con todo lo “real” que puede ser un personaje de ficción) de cada uno de los casos escritos por A. Conan Doyle en su famosa serie de novelas de Sherlock Holmes.

Un libro que pica y escuece allí donde el que lee sabe que hay sarpullido, porque los detectives no son un juego de niños, ni los de antes ni los de ahora.

Para el que fue Premio Tormenta 2010 al mejor “nuevo autor en castellano” por El cuarteto de Whitechapel (Ediciones del viento, 2010) lo del misterio en la narración no es algo nuevo; tampoco lo es la ciudad de Londres ni la provocación que suscitan las artes plásticas y escénicas en el público que las contempla.

DOZE Magazine: Leemos en su página web que numerosos relatos suyos han sido premiados (el NH de Relatos, el Alfonso Sancho Sáez de Relato o el Joven & Brillante de Novela Corta…) Que a uno lo premien por escribir, debe de saber bien: se entiende que si se expresa con sus textos y se comunica con ellos de alguna forma, se sentirá gratificado al verse “condecorado” mediante semejante llamada de atención al público ¿Qué importancia da usted a los premios literarios? ¿Cómo vivió la experiencia del 2010?

Daniel Sánchez Pardos: En mi opinión, los premios literarios son útiles en ese estadio inicial del camino de todo escritor en el que éste ha empezado a consolidar su vocación y a escribir animado ya no sólo por el puro placer o la diversión que le produce imaginar historias y convertirlas en lenguaje, sino también por la esperanza de que algún día esas historias puedan llegar a otras personas. En esos años de formación, recibir cualquier premio supone una suerte de validación externa de tus aspiraciones, la confirmación de que lo que haces realmente puede llegar a interesarle a alguien. En un camino tan largo y, por lo general, tan lleno de pequeñas decepciones como éste, cualquier incentivo para seguir escribiendo se agradece.
En cuanto al premio Tormenta que me concedieron por El cuarteto de Whitechapel, lo valoré de este mismo modo: como un incentivo para seguir trabajando. Se trata de un premio puramente honorífico concedido a una obra ya publicada, con lo que, en cierto modo, venía a completar el éxito que para mí ya había sido el encontrar a un editor dispuesto a arriesgarse a publicar la novela un tanto extraña de un perfecto desconocido.

DM: Su primera novela publicada, El jardín de los curiosos (Bohodón Ediciones, 2010) tomaba a la figura del detective, la del rebelde y el caso paranormal y los soltaba a todos en un entorno donde el arte, a través de una exposición de fotografía, parecía más atacado e incomprendido que nunca. Con El cuarteto de Whitechapel volvía a la carga y colaba al fantasma de Borges en medio de una trama de suicidios y atentados, que bastante tenían que ver con el sentido de la provocación artística a nivel mundial. En su último libro, la misma muerte se convierte en espectáculo teatral ¿Por qué esa insistencia en la reacción del público ante lo que el artista le muestra como creación genuina? ¿Usted va mucho a los museos? ¿Alguna espinita clavada contra el mundillo creativo que quiera compartir con los lectores de DOZE (Magazine de Cultura Contemporánea, no lo olvide)?
DSP: Yo creo que todos los escritores mantenemos, en mayor o menor medida, una cierta relación de amor-odio-envidia con respecto a los artistas visuales, ya sean pintores, fotógrafos, cineastas o artistas conceptuales. Por un lado estamos convencidos (o intentamos convencernos de que estamos convencidos) de que la palabra es el instrumento artístico definitivo, el material de creación más perfecto imaginable, y consideramos que la literatura es el arte que engloba a todas las demás artes: al fin y al cabo todo es lenguaje, nos decimos; nuestra relación con la realidad es puramente lingüística, todo lo interpretamos a través del prisma y dentro de los confines del lenguaje, y eso incluye, cómo no, a las demás artes. Pero también envidiamos la inmediatez de la imagen y de la materia, el poder de resonancia emocional inmediata (y no acumulativa, como en el caso de la literatura) de los materiales con los que trabajan los artistas visuales. No sé si es una espinita clavada, pero quizá sí es una explicación de por qué tantos novelistas actuales tratamos (o maltratamos) el tema del arte contemporáneo en nuestras historias.

 

Buscando un hilo conductor entre mis tres novelas, observo que, en efecto, en las tres el arte funciona no ya como agente provocador, sino incluso como agente agresor: el arte agrede a sus espectadores, busca no sólo implicarlos de forma activa en el espectáculo que propone sino arrastrarlos con él, sumergirlos hasta el cuello en ciertas experiencias en las que el espectador no quiere participar, pero a las que tampoco se sabe resistir. Me gusta la idea del arte como provocación, del arte que te obliga a mirar aquello que no quieres ver, que te incomoda y te inquieta pero que a la vez, a su manera, se preocupa por ti. El arte que quiere que sepas algo que necesitas saber, pero que serías más feliz ignorando. La literatura ha jugado históricamente ese papel de agente provocador/agresor, pero diría que hoy otras formas artísticas han ocupado su lugar también en este aspecto. Igual ésta sí es la espinita que algunos escritores tenemos clavada.

DM: Aquella primera premiada novela suya también se vivía en Londres, en los barrios del asesino “Jack el Destripador” vistos a día de hoy, por un guía y su grupo de turistas. El gran retorno se remonta nada menos que al año 1894 para contar cómo un grupo de personas tratan de aclarar lo que parece una serie de casos “sobrenaturales”: resurrecciones de niños muertos en Londres y en sus alrededores ¿Tenía ganas en esta ocasión de un ambiente victoriano? ¿Qué tiene Londres que tanto le tira a usted?
DSP: Londres es una ciudad que me ha atraído desde siempre, primero como lector y luego ya como visitante asiduo, pero no había escrito casi nada sobre ella hasta El cuarteto de Whitechapel. La escogí entonces porque era la única gran capital del arte contemporáneo que conozco bien, y esa novela, como hemos comentado, tiene un trasfondo artístico que requería un escenario de ese tipo. El narrador del libro es un inmigrante barcelonés que se gana la vida haciendo de guía por el barrio de Whitechapel para grupos de turistas españoles, y eso da pie a la segunda trama argumental, que tiene que ver con una serie de asesinatos que replican en cierto modo los cometidos en 1888 por Jack el Destripador. Esto me obligó a leer algunos libros sobre esos crímenes, y quedé literalmente fascinado; no por la historia del Destripador, sino por su lugar y su tiempo, esos años finales del periodo victoriano que bullen con toda clase de tensiones sociales, políticas, religiosas, científicas… A su manera, la última década del siglo XIX es a la vez una réplica casi perfecta de nuestro presente y el momento en el que este presente se acabó a definir. Supe entonces que quería escribir algo ambientado en ese momento, y el resultado es El gran retorno.

DM: Ha comentado usted que si tuviera ocasión de charlar con Borges actualmente, le pediría opinión sobre David Foster Wallace y su monumental e hipermoderno texto La broma infinita (DeBolsillo, trad. Marcelo Covián, 2011) y bien, así sucintamente y con el esfuerzo que ello conlleva ¿podría decirnos qué opinión tiene usted al respecto?
DSP: Lo de charlas con Borges venía a cuento de una de las peculiaridades del narrador de El cuarteto de Whitechapel, que comparte apartamento con el fantasma de Borges. A pesar de la irreverencia, Borges es el escritor por el que yo más cariño y más admiración he sentido siempre, y al que con mayor constancia he leído desde mi adolescencia hasta hoy. Sin Borges la literatura en lengua española sería muy distinta a como es hoy; y no parece aventurado afirmar que algo parecido podrá decirse dentro de unos años de la literatura en lengua inglesa (y de ciertas parcelas de otras literaturas occidentales) con respecto a David Foster Wallace.
Ya sea por imitación o por oposición, la obra de Wallace es una referencia que ningún escritor actual más o menos joven y/o abierto a nuevas influencias puede obviar, por cuanto lo que propone es, sencillamente, una nueva manera de interpretar literariamente el mundo que nos ha tocado vivir: un nuevo lenguaje, unos nuevos recursos retóricos, una nueva sensibilidad perfectamente sintonizada con los ritmos físicos y mentales de nuestra realidad. El estilo de Wallace es tan contagioso como lo fueron durante mucho tiempo el vocabulario y la dicción de Borges, pero es que en Wallace, además, resulta contagiosa la manera de interpretar el mundo y replicarlo sobre el papel. Imitarlo es inútil, ignorarlo es (o debería ser) imposible; como sucede con todos los grandes, en la forma de integrar su herencia en el propio proyecto estará el éxito o el fracaso de quienes intenten escribir tras él.

Texto: María López Villarquide

Imagen de portada: ©Archivo del autor