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NADA ES PARA SIEMPRE
Categoría: ARTE

NADA ES PARA SIEMPRE

Queridos lectores

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DAVID CATÁ. Todo en esta vida es efímero.
Categoría: TV

DAVID CATÁ. Todo en esta vida es efímero.

Dentro de la feria Jääl Photo, DOZE Magazine tuvo la oportunidad de entrevistar a una de las jóvenes figuras que están dibujando el nuevo retrato del arte español. David Catá ha conseguido abrirse hueco en el circuito del arte y lo que es más significativo, invitarnos a la reflexión mediante una poética personal afinada. 

 
 

“Partí hacia Brighton con unas expectativas muy altas… y me llevé un bofetón”

Dicen que de todo se aprende, más todavía cuando uno las pasa canutas y encima está en otro país, lejos de las habituales redes de seguridad que proporcionan la familia y los amigos más cercanos. Por suerte, para hacer frente a las dificultades siempre podremos contar con el humor, herramienta de la que Miriam Muñoz hace buen uso en su ópera prima, Animal Party (De Ponent), cómic autobiográfico en el que la autora da buena cuenta de los casi dos años que pasó en Brighton, ciudad costera del sur de Inglaterra a la que se marchó por dos grandes motivos: trabajo y amor.

En esta entrevista con DOZE Magazine, Muñoz (Madrid, 1985) recuerda el proceso de gestación de su libro, desvela sus simpatías por el doctor Zoidberg y comenta los planes de futuro de su proyecto editorial Una buena barba, revista sobre cultura feminista y queer cuyo primer número impreso ha salido recientemente al mercado.

DOZE Magazine: ¿Cuál era tu trayectoria previa en esto del cómic?
Miriam Muñoz: Ninguna. He hecho garabatos toda mi vida, pero nunca me había puesto en serio. Además, hacer una novela gráfica requiere constancia y muchas horas, y hasta ahora no me veía capaz. Soy más de hacer cosas que lleven poco tiempo, así que liarme la manta a la cabeza y dibujar una historia de cien páginas no entraba dentro de mis planes.

DM: ¿Ni siquiera has tenido la típica etapa fanzinera?
MM: Llevo un tiempo haciendo ilustraciones esporádicas para algunas revistas, pero nada que se parezca a una historieta de cómic. De vez en cuando, en reuniones con amigos, me venía a la cabeza la idea de dibujar algunas situaciones que me habían llamado la atención; pero vamos, eso nunca fue a ninguna parte.

El cómic me ha gustado toda la vida y he sido lectora desde pequeña, pero luego, como autora, nunca había ido más allá de dibujar un par de páginas, esas pequeñas guarrerías que haces a lápiz y que no son tan difíciles de hilar como una historia larga. Y Animal Party es una historia larga, pero también una experiencia personal, lo que simplificó bastante el proceso de recrear toda la trama.

DM: ¿Qué solías leer de pequeña?
MM: Devoraba los tebeos de Mortadelo y Filemón y los cómics de Batman que tenía mi hermano mayor. Con eso me he criado. Posteriormente descubrí a autores como Daniel Clowes o Marjane Satrapi, que me fascinaron y fueron mi puerta de entrada a la novela gráfica.

DM: ¿Cuándo empezaste a dibujar Animal Party?
MM: En Inglaterra tomaba muchas notas; no era un diario, pero casi. Luego, cuando ya estaba de vuelta en Madrid, me planteé seriamente la idea de hacer el cómic y perfilar los primeros bocetos.

DM: Y partiendo de tu falta de experiencia, ¿cómo encaraste una obra de casi cien páginas?
MM: Fue un poco heavy, pero también es verdad que algunas partes ya las tenía muy claras; el reto era la forma de hilarlas. Y también redibujé muchas veces, porque no tenía ninguna soltura narrativa y tuve que hacer muchas repeticiones hasta encontrar la manera correcta. En ese sentido fue un proceso muy laborioso, pero aprendes mucho, sobre todo a eliminar lo superficial.    

DM: Sólo conozco Brighton por su equipo de fútbol y por la pelea entre mods y rockers que aparece en Quadrophenia
MM: Es una ciudad pequeña y manejable, pero con un montón de vida cultural, porque tiene dos universidades y está llena de gente joven. Hay conciertos casi todos los días, con grupos que muchas veces ni siquiera vienen por Madrid; comparativamente, la música allí es todo un universo que a nosotros no nos llega, por mucho que Madrid sea bastante más grande que Brighton. Y luego tiene la playa, adonde se van todos los ingleses en cuanto sale un rayito de sol; al día siguiente, cuando te montas en el autobús, ves muchísimas caras rojas (risas). También se come muy bien, lo cual no deja de sorprender a todo el mundo. Cuando me preguntan por lo que más echo de menos, siempre respondo que la comida; al principio me parecía todo una guarrería, pero luego aprendí a apreciar su gusto culinario, que es muy interesante.

DM: Sorprende mucho toda esa actividad cultural de Brighton, porque apenas tiene 150.000 habitantes…
MM: No destaca por los museos, porque no hay muchos, pero luego se organizan festivales de arte que tienen lugar en diferentes casas de la ciudad. Entras en un piso y puedes ver la exposición, comprar un cuadro, cotillear... Es algo muy curioso.

Creo que todo se debe a que es una ciudad con mucha gente joven y que, además, viene de fuera. Sólo conocí a dos personas de Brighton durante los dos años que estuve allí, el resto eran de otras ciudades inglesas o de otros países.

DM: En eso se asemeja un poco a Madrid…
MM: Es un rollo parecido. Tengo muchos amigos que, habiendo nacido fuera de Madrid, me enseñan cosas de la ciudad que yo nunca habría conocido por mi cuenta. Eso también pasa en Brighton y, de alguna forma, lo convierte en un lugar especial.

DM: ¿Te fuiste allí por trabajo o por amor?
MM: Un poco las dos cosas, pero… ¡qué narices! Si mi novia no hubiera estado en Brighton, yo no habría sido capaz de irme sola. Ahora me alegro de haber dado el paso, porque necesitaba salir de Madrid y, además, creo que la experiencia me ha abierto los ojos: si en el futuro tengo que marcharme otra vez, podré hacerlo sola y al lugar que sea. Me siento capaz de enfrentarme a todo, puedo trabajar de lo que haga falta y apañármelas en otro idioma. Porque esa es otra: los españoles nos creemos que sabemos inglés, pero de repente apareces en Inglaterra y no te atreves a soltar palabra.

DM: ¿Cuesta mucho abandonar tu ciudad de toda la vida y empezar casi de cero en otro país?
MM: Estuve meses meditándolo. No buscaba excusas para quedarme, pero luego me decía cosas como “estoy muy a gusto en mi trabajo”, “ahora va a empezar un curso que me interesa”… Al final tuve que darme un empujón, porque también estaba mi chica y, aunque ella no me presionaba, llegó un momento en que no había más remedio que tomar una decisión. Lo que sí tenía claro es que, una vez allí, no me iba a quedar a vivir en la casa de mi novia; me parecía un paso demasiado grande y, por otro lado, quería construir mi propia historia, mi propia independencia.

DM: A lo largo de Animal Party dedicas muchas páginas a recordar cómo fue la convivencia con tus compañeros de piso.
MM: Es una experiencia muy fuerte, porque de repente estás viviendo con unas personas que pertenecen a una cultura diferente, que tienen una manera completamente distinta de ver las cosas, que tienen creado un pequeño universo en el que no es fácil entrar… Y al revés pasaría lo mismo, porque ellos se tuvieron que acostumbrar a mí. Tuve muchos choques, pero no sé si debidos a esas diferencias culturales o más bien a cuestiones de personalidad, porque también conocí a otras personas que se llevaban a las mil maravillas con sus compañeros de piso. Yo, en cambio, tuve mala suerte y me tocó vivir con gente que no estaba bien de la cabeza.

Pero bueno, supongo que la cultura también hace mucho. Tienen un tipo de humor muy diferente y juegan mucho con la ironía, así que al principio, cuando todavía no hablas bien el idioma, no sabes si se están riendo de ti o contigo. Esas cosas ya pueden crear ciertos roces, pero es que, además, bebían muchísimo; a veces bajaba a la cocina y me encontraba con uno de mis compañeros, más solo que la una, tirado en el sofá y emborrachándose mientras veía la televisión. Se me caía el alma a los pies.

DM: El consumo de alcohol en Inglaterra debe alcanzar niveles, cuanto menos, bastante llamativos.
MM: Mucha gente bebe para evadirse, supongo que el tiempo influye en eso, pero lo que más me sorprendía era la forma en que cambiaba la gente cuando se habían tomado unas cuantas cervezas. De repente se convertían en tus mejores amigos, que eso ocurre en todas partes, pero lo raro es que al día siguiente se comportaban como si no te conocieran de nada. No se mantenía ningún vínculo de la noche anterior. Y otra cosa extraña es que algunos viernes, al salir del trabajo, me iba con la gente de la oficina a tomar unas pintas; entrábamos en el pub a las seis, se ponían a beber como locos y una hora más tarde, a las siete, ya se estaban marchando a su casa para ver la televisión hasta el momento de irse a la cama. Si estás bebiendo y te lo estás pasando bien, ¿por qué te largas? Me daba un bajón…

DM: Buena parte de tu cómic transcurre en lugares cerrados, ya sea tu casa, la casa de tu novia, un pub, la oficina donde trabajabas… Apenas hay situaciones que ocurran en la calle.
MM: Ya, pero es que en Inglaterra hay pocas escenas de exterior (risas). Por muy bonito que sea el paisaje, al final siempre acabas metido en casa. En invierno hace un frío de muerte y anochece muy temprano, y tampoco tienes la posibilidad de quedar a las siete de la tarde para echar un café, porque a esa hora ya está todo cerrado. La única opción es el pub, pero ya es un escenario distinto, porque ahí te tienes que tomar una cerveza y no siempre apetece.

DM: ¿Y la cosa no mejoraba un poco en verano?
MM: Sales algo más a la calle, pero tampoco demasiado, porque no deja de hacer frío. Yo dormía con el nórdico durante todo el año. Hay algo más de luz, pero no es lo que yo destacaría de mi estancia. Además, el primer verano estuve sola, así que me quedaba en casa un poco amargada.

DM: Esos momentos, cuando uno se queda solo en una ciudad que le resulta completamente ajena, ¿son los más complicados de sobrellevar?
MM: A mí, encima, se me juntó con la sensación de que estaba perdiendo el tiempo. No encontraba trabajo, mi inglés no mejoraba, tenía mis crisis… Ahora echo la vista atrás y pienso: “¡Joder, si aprendí un montón!”, pero mientras estaba allí todos los días me parecían el mismo. Era como vivir en El día de la marmota. Me levantaba por la mañana, limpiaba toda la casa, me metía de nuevo en la cama para desayunar, veía la tele… Si salía a la calle, como mucho para hacer la compra. Y así todo el tiempo. Era un poco alienante.

DM: Al menos tenías el trabajo, que te obligaba a salir de casa.
MM: Estábamos divididos por equipos de idiomas y, además, coincidía con gente de otros países, lo cual era muy divertido. Y luego, no sé por qué, Brighton tiene una escena LGBT muy fuerte. No recuerdo cuál es el porcentaje, pero creo que está en torno al cuarenta por ciento, que es mucho. En la oficina donde trabajaba había bolleras y tíos medio frikis. Veía a dos chicas y pensaba que eran heteros, pero al día siguiente las pillaba haciendo manitas.

DM: Antes me hablabas de la enorme oferta cultural de Brighton, con todos los conciertos, todas las presentaciones y exposiciones… Sin embargo, en tu cómic no aparece nada de eso.
MM: Esas actividades son habituales en mi vida, y no era lo que quería resaltar de mi experiencia. Como mucho, pasar por encima. Dibujé algunas cosas en los primeros ‘storyboards’, pero luego las dejé fuera porque me parecían triviales.

DM: Y sabiendo lo que no querías contar, ya tenías la mitad del trabajo hecho.
MM: Busqué momentos especiales o interesantes a nivel personal: cómo llegué allí pensando que me iba a comer el mundo, el año que me pasé deprimida en la cama… Partía con unas expectativas muy altas… y luego me llevé un bofetón.

Tampoco quería que sonase muy dramático, porque al final es una fase que hay que superar. De ahí sale una experiencia muy importante. Y no quería narrar algo muy trepidante porque, si me ponía a dibujar conciertos y pubs, podía parecer que mi vida era muy interesante, cuando en realidad era bastante aburrida. Ante todo, tenía que ser real, y para mí lo real, más que ir a un concierto, era quedarme en casa y pensar: “¿Qué estoy haciendo aquí?”.

DM: Pero la rutina también puede tener su encanto.
MM: Sí, y eso es lo que yo he querido reflejar.

DM: ¿Cómo fue tu regreso a Madrid?
MM: Es curioso, pero mientras estuve en Brighton siempre pensé que no querría volver a ese país en mi vida. Sin embargo, últimamente he empezado a pensar mucho en todo aquello, en lo bien que me lo pasaría si pudiera vivir allí… Creo que es algo muy infantil, como los niños cuando se van de campamento y, al principio, no quieren separarse de sus madres, pero luego, cuando todo se termina, no se quieren marchar. A mí me pasa lo mismo.

De todas formas, tengo esos recuerdos muy idealizados, porque en su momento era como vivir en una pesadilla. Lloraba un montón, y no soy nada llorica. Ahora, en cambio, sólo me acuerdo de las cosas buenas.

DM: ¿Cómo es tu vida en la actualidad?
MM: Tuve mucha suerte, porque encontré trabajo nada más llegar. Mi novia y yo nos mudamos a una casa por Malasaña, y si antes ya iba a conciertos, ahora me los estoy tragando todos, porque curro en la Sala Siroco. Retomé con ganas lo de quedar con gente; en Inglaterra era todo de andar por casa, mientras que ahora le he pillado el gusto a ir a una cafetería, a una exposición… Y además, he encontrado la ciudad muy cambiada. Después de casi dos años fuera, Madrid me pareció diferente.

DM: Igual Madrid no ha cambiado tanto como tú a nivel personal.
MM: Claro. Al final sigue siendo lo mismo, pero mi forma de mirarlo es distinta. Antes me daba pereza salir a la calle, porque todo estaba ahí, como siempre; ahora soy más consciente de lo efímero que es todo. Las cosas están muy mal y es posible que mañana me tenga que ir a otro país, así que quiero aprovechar todo lo que pueda mientras esté en Madrid.

DM: Retomando tu cómic, el título está muy bien escogido; no lo digo tanto por la fiesta como por los animales, que tienen un papel destacado en la historia.
MM: Esta anécdota no sale en el libro, pero el título viene de la época en que estaba buscando casa. Leí el anuncio de una chica que alquilaba una habitación y le escribí, sin tener ni papa de inglés, diciéndole que yo no era una “animal party”. En lugar de una “party animal” (fiestera), le dije que no era una fiesta de animales. Por supuesto, la chica ni me contestó.

Me gusta utilizar animales en mis historias y, cuando yo misma me transformo en un animal, es como si estuviera dejando de lado la razón. Y casi siempre son momentos en que hay mucha emoción de por medio. Por decirlo de alguna forma, sale la parte salvaje, y me gusta reflejarla de manera visual. Si te digo que estoy nerviosa, tú piensas en mil cosas distintas, pero si te digo que estoy nerviosa como un chihuahua, entonces ya te viene una idea a la cabeza.

DM: Tus personajes humanos, por otro lado, están dibujados de una forma muy sencilla, casi sin detalles faciales. De hecho, me han recordado a los muñecos de playmobil.
MM: Es verdad, no son muy expresivos. Los ojos son dos puntos y ni siquiera hay nariz. Por eso recurro a los animales, para contar lo que me sucede o lo que se me pasa por la cabeza. En Madrid, salvo palomas o perros, nunca ves animales; en Brighton, sin embargo, también había muchas gaviotas, que además son muy agresivas, y una vez vi un zorro, que para mí fue algo mágico.

En todo caso, me gusta dibujar así a las personas, con pocos rasgos. No me suelo quedar muy bien con las caras; si estoy hablando con un chico y veo que tiene gafas y barba, igual ni me fijo en el tamaño de su nariz o en el color de sus ojos. Sólo recuerdo que tiene gafas y barba. También me pasa que a veces, cuando voy andando por la calle, me cruzo con gente que me saluda, pero yo no tengo ni idea de quiénes son. Alguno se ha enfadado y todo, pero he de reconocer que soy un poco desastre.

DM: A pesar de esa ausencia de rasgos identificativos, luego consigues que tus personajes queden bien diferenciados.
MM: Cojo las dos cosas más características de una persona y con eso me quedo. Mi novia, por ejemplo, dice que la he dibujado como si fuera un pinypon.

DM: Haces un uso muy sobrio del color.
MM: Me apetecía utilizar el color de manera puntual, sólo cuando tuviera algo que ver con la historia, que fluyera junto a ella… No quería llenar todas las páginas de colorines, porque tampoco habría encajado con el tipo de cómic que tenía en mente. Me iba de Madrid, un mundo lleno de colores, para meterme en Inglaterra, donde todo es bastante más gris. La idea era utilizar combinaciones más llamativas y que contrastasen con el tono general del libro.

En ese momento estaba muy enganchada a Mission Hill, una serie de dibujos que tiene muchos colores, pero usados de manera nocturna, como si fueran luces de neón. Y también leí Asterios Polyp, de David Mazzucchelli, que me parece un cómic brutal. Usa tres colores de forma brillante, metiéndote en la historia y haciendo que comprendas las emociones de los personajes. Me gusta esa sobriedad tan expresiva y, en la medida de mis posibilidades, he intentado trasladarla a mi libro.

La primera parte de la historia me transmitía amarillo y azul, pero en una combinación que no resultara demasiado alegre. Luego, conforme me voy acoplando a mi nueva vida, recurro a tonos verdes y azules, que son más armónicos entre sí. Y cuando todo mejora definitivamente, aparecen el rosa o el morado, que son más tranquilos.

DM: Vamos, que el color viene a representar tu estado emocional.
MM: Si te fijas, los colores del cómic no son muy reales, porque a las personas las dibujo en azul, pero da lo mismo, porque mi historia ya no era una representación de la realidad que viví en Brighton, sino una especie de sueño. Parto del recuerdo para recrear una historia y, en mi cabeza, esos recuerdos tienen un color distinto al original.

DM: Dentro de ese tono general bastante sobrio, hay un par de momentos, hacia la mitad del libro, en los que se produce una auténtica explosión de color.
MM: Son momentos febriles. Estoy dentro de mi cabeza y se produce un ‘boom’ interior: hablo conmigo misma, estoy cagada de miedo, sola por primera vez, metida en la cama sin poder conciliar el sueño… Y me echo la bronca.

Luego, en el segundo de los momentos, simplemente estoy mala de verdad. Me transformo en algo que no soy yo y, de alguna forma, es como si entrara en otro mundo. Siento el calor de la fiebre, lo veo todo más vibrante… Quise transmitir esa sensación con el color.

DM: Te marchaste a Brighton para buscar trabajo y luego, sorprendentemente, regresas en lo más crudo de la crisis.
MM: Fue una decisión muy dura, porque teníamos dinero, curro, amigos… Pero es que ni mi novia ni yo no queríamos seguir allí por más tiempo. De vuelta en Madrid estaban mi casa, mis padres y mis colegas de toda la vida. Sabíamos que el tema laboral andaba difícil, pero pensábamos: “Vale, no hay curro, pero ya llegará. Y si no, pues nos tendremos que ir otra vez fuera de España”. Total, que nos volvimos casi de un día para otro. Por eso el libro termina de una forma un poco brusca, porque no hay una transición real en este tipo de cosas. Se acaba y se acaba, no hay un proceso de finalización, sino que todo se termina como si fuera un tajo.

DM: Aprovechando que ya estabais fuera y que la situación en España era tan crítica, ¿no os planteasteis la posibilidad de iros a otro país?
MM: El hogar familiar tira mucho. Después de tanto tiempo en Brighton, que siempre me pareció un sitio muy frío, sentía la necesidad de volver al calor de mis padres, de mis viejos amigos… Parece un anuncio de turrón, pero es la pura verdad. Llevaba dos años sin sentirme como en casa y, al final, se acaba echando mucho de menos. Igual dentro de unos meses me tengo que ir a otro lado, pero necesitaba volver a las raíces durante una temporada.

DM: Y al final, ¿cuántos cómics se vinieron contigo para Madrid?
MM: Unos cuantos kilos (risas). Entre los descubrimientos hubo uno que me marcó: Fun home, de Alison Bechdel. Más tarde hice un viaje a San Francisco y de allí me traje The beats, de Ed Piskor, que también me llegó bastante por el momento en el que me encontraba. Al margen de los cómics, un libro que me encantó fue Cosas que los nietos deberían saber, de Mark Oliver Everett, el cantante de Eels. Y luego está Orgullo y prejuicio, que sale varias veces en mi cómic porque nunca conseguía leérmelo, o Miedo y asco en Las Vegas, que me gustó mucho por ese rollo del viaje extraño.

DM: ¿Qué te ha parecido ‘¿Eres mi madre?’, el nuevo cómic de Bechdel?
MM: No me gustó mucho. Fun home dejó el listón muy alto, mientras que ¿Eres mi madre? se pasa demasiado con las referencias y la psicología. Me resultó un poco más aburrido; la relación entre Alison y su padre me pareció más interesante que la que mantiene con su madre. Además, la historia del padre es mucho más intensa, suceden más cosas; la de la madre es un ir y venir de conversaciones telefónicas.

DM: También has mencionado The beats y es curioso, porque en tu cómic sale alguna vez El almuerzo desnudo, de William Burroughs.
MM: El cómic no es muy bueno, pero tiene algunas historias curiosas. A Burroughs le conocía de antes y, de hecho, ya había intentado leerme El almuerzo desnudo, que al final lo di por imposible. Mi novia solía decirme que no iba a ser capaz de terminarlo y yo me ponía muy cabezona: “Que sí, que me lo acabo”. La realidad es que nunca pasé de las treinta primeras páginas.

DM: En el ámbito de la historieta, ¿a qué autores mencionarías como tus principales referentes?
MM: A la hora de escribir, Daniel Clowes me parece brillante, sobre todo en Ghost world. Con mi cómic, para meterme en materia, leí un montón de novelas gráficas; no había publicado nada relacionado con los tebeos y me pareció buena idea fijarme en el trabajo de otra gente, así que me pillé Diario de Nueva York, de Julie Doucet, que también habla de su experiencia en una ciudad desconocida. Con Hark! A vagrant, de Kate Beaton, llegué a la conclusión de que debía meter un poco de humor en Animal Party, para que no fuera excesivamente dramático. Y Pagando por ello, de Chester Brown, me gustó mucho por lo que cuenta y por cómo lo cuenta; además, su forma de dibujar a los personajes tampoco es muy expresiva.   

DM: Por dejar las cosas claras: ¿has retomado el ukelele o ya tiraste la toalla?
MM: Lo tengo guardado debajo de la cama. Se lo he ofrecido a mucha gente, pero nadie se ha animado a recogerlo. Quizás lo retome algún día, pero no lo veo muy claro. Tampoco he empezado a salir a correr.

DM: Los discos, los conciertos, tus trabajos para Siroco… Si aprendieras a tocar un instrumento, sería como cerrar el círculo.
MM: Es lo que me falla en toda esta historia. Ahora, por mi curro, tengo más trato con músicos, y me da mucha envidia ver a esa gente que tiene tanta soltura. Es entonces cuando pienso en aprender a tocar el ukelele de una vez por todas, pero luego me invade la pereza. Y eso que el ukelele es bastante sencillito, se le sacan sonidos con mucha facilidad, pero ni por esas. También tengo un bajo, otra ventolera que me dio hace mil años.

DM: Ahora mismo tu ocupación principal es la de diseñadora gráfica, ya sea para Siroco o para el restaurante Le Tape.
MM: En realidad son la misma cosa, porque mis jefes de Siroco también son los dueños de La Tape. Me encargo de todo los asuntos relacionados con la identidad corporativa de ambos locales, y lo bueno es que son dos ambientes muy creativos.

Por un lado, el mundo de la comida me parece muy sugerente, porque se involucran todos los sentidos. Además, como mis jefes saben que también me dedico al cómic, me pidieron que colgara dibujos por el local. Y luego tuve que diseñar las cartas… Vamos, que me lo he pasado muy bien. En cuanto a Siroco, suelo estar casi todo el día en la sala, porque me gusta involucrarme con la empresa y sacar todo el jugo, entender la filosofía y la imagen que quiere transmitir al mundo.

DM: Echando un vistazo en tu página web me encontré con las ilustraciones dedicadas a los cócteles más famosos de la historia. ¿Cómo surge ese proyecto?
MM: Era una apuesta de Siroco para promocionar los cocktails. Trabajé codo a codo con el barman, que sabe un montón y me dio mucha información. Mi idea consistía en reunir esos datos y resumirlos en tres palabras, porque no podía contar la historia completa del cóctel, sino alguna que otra curiosidad. Como el Vesper, que es el que bebe James Bond; o el Hemingway Daiquiri, que te permite jugar al mismo tiempo con la bebida y con el personaje. 

DM: Los domingos te dedicas a hacer ilustraciones con tintas y acuarelas. ¿Qué tiene de especial ese día de la semana?
MM: El domingo es un día para mí, sobre todo por la mañana. Ni ordenador ni móvil ni nada. Estando a solas con la tinta, que es bastante complicada de dominar, me olvido de todo y hago formas bastante básicas. Me relajo, me pongo una taza de té y empiezo a pintar, a ver qué sale. Es mi momento de la semana.  

DM: Tanto en tu web como en Animal Party hay dos referencias al doctor Zoidberg. ¿Te gusta Futurama o sólo este personaje?
MM: Futurama es la serie que veo una y otra vez. Me sé los diálogos de memoria y el doctor Zoidberg es un personaje que me hace especial gracia. Si tengo que elegir mis capítulos favoritos, creo que me quedaría con La picadura y Dóblala.

Futurama me gusta incluso más que Los Simpson, que han acabado siendo una caricatura de sí mismos. De Futurama me entusiasma la ciencia ficción, el humor, las referencias a la cultura popular… Me hace ilusión cuando luego reconozco esas referencias y las sitúo en tal libro o en tal película.

DM: ¿Te han gustado los capítulos de las nuevas temporadas?
MM: Me enganchan menos. Los he visto en versión original, pero no me acostumbro a ciertas voces, como la del doctor Zoidberg, que me encanta cómo habla en español. De todas formas, creo que a estos nuevos capítulos les falta la gracia que tenían los de las cuatro primeras temporadas.

DM: ¿Qué otras series sueles seguir?
MM: Mission Hill sólo tuvo una temporada, pero es de los mismos que hicieron Futurama y Los Simpson, a excepción de Matt Groening. Ahora me ha dado fuerte con Hora de aventuras y en Inglaterra estuve muy enganchada a Mad Men, Parks & Recreation y Twin Peaks, que ya la había visto de pequeña y recuerdo que me cagaba de miedo.

DM: Y también te molan las películas de John Waters, el rey del mal gusto…
MM: Algunas de sus pelis son un poco malas, eso está claro, pero Divine me parece genial como icono. También me gusta Pecker y me río mucho con Los asesinatos de mamá. En general, a pesar de su mal gusto, me parece que tiene una forma brillante de contar las cosas. Y su libro Role Models también es buenísimo.

DM: En 2010 cofundaste la revista Una buena barba. ¿Quiénes estáis detrás?
MM: Principalmente, mi novia y yo, que codirigimos el proyecto. Luego tenemos colaboradores que han querido formar parte de esta historia; escriben artículos, hacen ilustraciones…

DM: Sois una revista abiertamente feminista.
MM: Feminista y queer. Esa es la temática sobre la que gira Una buena barba. Queríamos hacer una revista de contenido más político y social, porque la echábamos en falta en el mercado español. En este medio aprovecho para tratar temas más chocantes, alejados de lo que se pueda ver en trabajos como Animal Party.

DM: ¿A qué te refieres con “político y social”?
MM: El feminismo y lo queer aún siguen chirriando en la sociedad. Cuando le digo a alguien que soy feminista, salta la típica risa nerviosa. La gente no se siente cómoda al hablar de sexualidad de una manera no normativa. Una revista como la nuestra ayuda a fomentar el debate.

DM: ¿Qué clase de contenidos publicáis? ¿Tenéis algo de ese rollo “todo lo falocéntrico es malo”?
MM: Al contrario, lo que pretendemos es hablar de la sexualidad de todo el mundo; no es una cosa única y exclusivamente de mujeres, sino de cualquier persona que no encaje dentro de un estándar social. Nos encanta que escriban hombres en la revista. Hombres que se consideren hombres. Buscamos la ‘inclusividad’ radical; prefiero que me lea un hombre heterosexual convencido que una feminista de toda la vida. Quiero que la gente comprenda otro tipo de realidades.

DM: Tras dos años en formato digital, en octubre de 2012 lanzasteis vuestro primer número impreso. ¿Qué tal marcha la experiencia?
MM: De momento muy bien, con una acogida bastante chula. Nos la han pedido de muchas librerías, así que estamos muy contentas. La periodicidad de la revista aún es un poco incierta, pero nos gustaría sacar un número cada seis meses.

DM: ¿Qué cabida tiene en todo esto el fanzine Club imberbe?
MM: Aparte de la revista, queremos sacar fanzines temáticos. En el último número de Una buena barba lanzamos una pregunta a los lectores: ¿cuál es tu ídolo queer? La gente mandó sus propuestas, casi todo ilustraciones, y el material recopilado se publicó luego en un fanzine. Ahora estamos con el próximo número de la revista, que va sobre Japón, y marcando las directrices para el siguiente fanzine.

DM: En septiembre publicasteis el fanzine Pussy Riot, en donde mostrabais vuestro apoyo al grupo de rock encarcelado por el Gobierno ruso.
MM: Fue una cosa muy improvisada. Estábamos viendo uno de los conciertos que organiza Ladyfest en Siroco y, de repente, nos enteramos de la noticia. En seguida pensamos que teníamos que hacer algo y lo primero fue la fiesta, donde recaudamos fondos para sufragar la defensa de las chicas. Luego, por nuestra cuenta, tuvimos la idea de hacer un fanzine y explicar lo que estaba ocurriendo.

Salió una cosa muy punki, de guerrilla, organizado por gente a la que movía una idea política. Tenía un carácter efímero, porque la situación fue muy puntual. Surgió de la misma rabia que tenían los primeros fanzines, donde se explicaban cosas de una manera mucho menos cuidada, menos pasada por el filtro del ordenador.

DM: ¿Hacia dónde se encamina ahora tu carrera comiquera?
MM: Ya estoy barajando varias ideas que me rondan por la cabeza. Quiero hacer una historia personal, pero no sobre mí. Desde que escribí el libro, tengo la sensación de que la gente me cuenta unas anécdotas de lo más surrealistas. Me gustaría recogerlas y plasmarlas desde mi propia perspectiva. Pienso en un formato de historias cortas, pero aún no lo tengo claro.

Texto: Julio Soria