Premio Mies Van der Rohe para la sinceridad
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- Categoría: ARQUITECTURA
- Creado en Miércoles, 13 Abril 2011 01:00
- Escrito por Guillermo Aroca

En el año 2003, cuando el resto del mundo jaleaba la arquitectura espectáculo, que encontró su mayor exponente en los Emiratos Árabes, el arquitecto británico David Chipperfield (Londres, 1953) recibió el encargo de realizar la restauración del Neues Museum de Berlín, dentro del ambicioso plan de la Isla de los Museos del Río Spree. La obra que llevó a cabo, preocupada especialmente por mantener viva la memoria del anterior edificio destruido durante la Segunda Guerra Mundial, le valió este lunes el premio Mies Van der Rohe, que reconoce cada dos años la mejor obra arquitectónica europea.

Chipperfield encontró el anterior edificio de Friedrich August Stuler en estado ruinoso, fruto de los numerosos bombardeos que sufrió durante la guerra. En lugar de realizar una reconstrucción exacta y gracias a la vanguardia arquitectónica e intelectual que caracteriza a los alemanes, realizó un edificio contemporáneo que mantiene viva la huella de su antecesor. La restauración expone las entrañas del edificio anterior y deja abiertas las heridas del conflicto en una ciudad que tiene una gran necesidad por tener su pasado muy presente para no volver a caer en los mismos errores. En este edificio se expone lo mejor y lo peor de la historia: las mejores obras de arte de la antigüedad clásica y egipcia, entre las cuales destaca el Busto de Nefertiti, y al mismo tiempo la amargura de la peor guerra que ha sufrido la humanidad.

Mientras el resto las ciudades apostaban por iconos de dudoso gusto y, en ocasiones, incluso se inventaban una cultura arquitectónica desde cero, Berlín se decidió por un futuro que no haga sombra a su pasado y eligió a un arquitecto tan tectónico como Chipperfield para materializarlo. Al contrario que otros arquitectos estrella, el británico supo dar más importancia a la belleza y a las verdaderas necesidades de la ciudad que al dinero, y puso en relieve recursos como la construcción de la ruina y la sinceridad histórica, permitiendo que la vida del edificio se lea literalmente por capas en las paredes. Por otro lado, resulta paradójico que la Unión Europea premie ahora el mismo edificio por el que la Isla de los Museos estuvo a punto de perder el privilegio de ser Patrimonio de la Humanidad, cuando la Unesco lo consideró demasiado intrusivo, monumental y poco respetuoso con su entorno histórico.

Texto: Guillermo Aroca





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