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Misterios de agua y montaña

Un pueblo ubicado al pie de una montaña y con una enorme masa de agua acumulada cerca, en forma de lago o de presa lo pone a uno en situación de alerta. Caminar por senderos que poco han frecuentado los demás, detenerse en las cunetas de la carretera y osar cruzar un bosque en plan explorador experto, son actividades con las que el habitante de ciudad a menudo fantasea.

Digamos que ése es el motivo de que dos series recientes coincidan al contarnos sus historias, dentro de ese marco campestre de montaña y agua al que nos venimos refiriendo: Top of the Lake (BBC, Sundance Channel, UKTV, 2013) y Les Revenants (Canal +, 2012).

Contando con el respaldo inusitado de la directora de cine Jane Campion y escrita a medias junto con Gerard Lee, Top of the Lake despedaza en sus siete primeros capítulos los traumas y secretos de varios habitantes en un pueblo neozelandés, con montaña y con lago.

Sin desprenderse de los tonos grises, azulados y verdosos característicos del agua estancada (y de todo lo relacionado con la muerte y la putrefacción) la serie despliega ante el espectador la vida y circunstancias de unas personas nada sinceras, con pasados demasiado pesados que ocultar para el momento en que, con un nuevo misterio, una detective experta en casos de abuso sexual a menores, se ve obligada a quedarse allí adonde sólo había ido de visita.

 

Elisabeth Moss se calza las botas de trekking y husmea entre las oscuras y enmohecidas relaciones de los aldeanos. Por el camino descubre mucho más de lo que hubiera deseado para su estabilidad mental y emocional y deja al espectador con un saco repleto de dudas al acabar la temporada.

Top of the Lake llega hasta el fondo de sus personajes, los hace pasar por terribles experiencias, revivir recuerdos que se guardaban en compartimentos estancos, incomunicados, alejados del día a día, y consigue jugar al despiste con el espectador. Por eso no diremos nada del argumento, que no queremos coaccionar a nadie.

Y de Nueva Zelanda, saltamos a la región francesa del Ródano, a otra suerte de montañas y terrenos escarpados que conviven con ingentes cantidades de agua, con una presa en este caso. Aquí es donde se ubica Les Revenants.

Basada en el film homónimo de Robin Campillo del año 2004, Les Revenants desmonta en ocho capítulos -piezas dedicadas personalmente a cada uno de sus personajes protagonistas- las teorías que sobre la vida y la muerte que hemos venido aprendiendo a lo largo de los años, a través de las diferentes culturas y religiones, mediante mucha insistencia e imaginación.

Descrita en algunos medios como el equivalente zombie de la vampírica Déjame entrar (Låt den rätte komma in Tomas Alfredson, 2008) esta creación de Canal + supone una llamada de atención inesperada a todos los amantes de ese tipo de fantasías, en las que se coloca a vivos y a muertos en toda suerte de relación e intercambio físico, conversacional o de convivencia. Ellos regresan de donde sea que hayan estado y se quedan con los otros, con los vivos.

Visualmente, la serie demuestra una preocupación constante por el encuadre perfecto. Hay una selección de espacios interiores exquisitos, limpios de detalles accesorios, pulidos de decoración superflua que contrastan enormemente con ese exterior basto e indomable: un monte siempre nevado, un bosque de cuento y una presa que parece querer devorar al paisaje que la retiene.

Pese a que la primera escoge como tema fundamental los lazos consanguíneos y la segunda más la sangre a secas, ambas series encuentran más de un nexo de unión, puntos en común que animan al espectador a plantearse el porqué de estos contextos.

Atrás creímos haber dejado los misterios indescifrables deTwin Peaks (David Lynch y Mark Frost, ABC, 1990) pero nos estábamos equivocando: con ejemplos como Top of the Lake o Les Revenants se recupera ese aroma a musgo y a leña recién cortada, regresamos a las carreteras con poca iluminación, a las curvas peligrosas, los acantilados y los animales salvajes. Historias para pensar en lo dañino de la sociedad en que vivimos, contados desde lo alto de la montaña, allí donde pensamos que ya nadie vivía.

Texto: María López Villarquide