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"MEA VULVA, MEA MAXIMA VULVA"

Nymphomaniac. Volumen 1. 

Duro, seco y húmedo a la vez, punzante. Así se presenta el nuevo filme del tantas veces odiado como admirado Lars von Trier. Un grito hacia el deseo y lo oscuro que da de lleno en la diana. 

Actores seleccionados en casting por sus penes (Shia LaBeouf), papeles secundarios de primerísima línea, poesía untada con porno... Mecanismos todos ellos de Von Trier aliñados con la mejor de las fotografías , un reparto excelente y una banda sonora realmente acertada. El danés da en el clavo con un hilo musical que levanta y asalvaja una historia con un comienzo de manual, y no por ello poco eficaz. Un hombre da por casualidad en un callejón oscuro con una mujer herida, tirada en el suelo. La recoge, la lleva a casa, y una vez empijamada y con un té calentito en la mano, ella comienza a narrarle la historia de su perversión, de sus deseos y de lo que fueron sus 50 años de vida.

La película habla de la insatisfacción, la insatisfacción pasada por el pasapurés de la sexualidad, las sombras y la búsqueda de "Joe", protagonista interpretada por una impecable Charlotte Gainsbourg, que no duda en cumplir sus deseos sexuales sin lograr por ello sentir nada “real”. Un camino de desaciertos hasta la llegada de “el amor”, como nos dicen, “el ingrediente secreto”. ¿Trasfondo Disney?, vete a saber.

Otro “pero"; entre las grandes y evocadoras metáforas y simbolismos del director, que hilan poéticamente el arte de la pesca o la belleza de los fresnos con el cuerpo, el sexo y el miedo, encontramos unos forzados conceptos matemáticos inspirados en la sucesión de números de Fibonacci que sacan a uno de la peli y le ponen a contar con los dedos; absolutamente innecesario. O al menos sólo comprensible y eficaz para las mentes más iluminadas, que no es el caso.

Stacy Martin es tema a parte. ¿Odio o adoración, preciosa o irritante, acertada o fuera de órbita? Opiniones más que planos eróticos protagonizados por la señorita, que impresiona, indigesta y enamora por igual. ¿La verdad?, protagoniza con su blanca piel escenas maravillosas a la altura de su propia y fría interpretación, que nos vuelca en una mujer fuera de sí, fuera del mundo, aislada en una realidad paralela en la que sólo quedan huecos y sombras.

El guión se tambalea una y otra vez entre acertado, directo y minimal, y poético y lírico. Sin redundancias ni excesos.

El estilismo para llorar, la imagen orito puro, el sabor de boca al final: una mezcla entre ralladura existencial y suavidad interior. ¿Cómo puede ser? Preguntéselo al excelentísimo Lars.

Un paseo suave e incendiado por los horizontes de la culpa y del placer, que nos servirá de excusa para recibir el que parece será un "larsvontrierazo" de agárrate y no te menees, el ya esperado Volumen 2, que llega el 24 de enero. Segunda parte, ya que el metraje original dura nada más y nada menos que cinco horas. Han tenido a bien partirla, como si de un queso se tratara, de cara a dejarnos descansar entre las 125.000 escenas subiditas de tono o visto de otro modo, de cara a la recaudación. Qué más da. Ahí estaremos, aunque muchos avisan ya de empalamientos, violencia y más genitales a primera vista y en primerísimo primer plano.

Texto: Rocío Álvarez Albizuri