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Susurros al pie de un volcán

Hipnótica, electrónica, oscura y seductora, Nawja Nimri comienza la gira presentación de su nuevo álbum Donde Rugen Los Volcanes. Una invitación al trance.

Su fama de intensa le precede. Destila un magnetismo felino y feroz que suscita agrado y rechazo a partes iguales. Desde que, con escasos 23 años, paseara su cabeza rapada con la palabra void en la nuca por aquel Sestao industrial y lluvioso, Nawja Nimri (Pamplona, 1972) no ha dejado indiferente a nadie. Salto al vacío (Daniel Calparsoro, 1994) fue la película que la dio a conocer, y Carlos Jean el productor que la empujó a dar el salto musical con No blood cuatro años más tarde. Desde entonces, la voz susurrante de Nawja Nimri se ha ido colando hipnótica, y algo narcótica, en los oídos de quien la ha querido escuchar. Y han sido muchos.

Donde Rugen los Volcanes (Warner) entra en erupción y se convierte en su nuevo álbum, el noveno de su carrera. Lo hace en lo que empieza a ser el estilo Nawja: canciones sintéticas, electrónicas, extrañas, oscuras, “frías y distantes pero con alma”, como define la artista. Un alma que todo lo impregna, que se extiende como un fluido denso por un mundo donde, según sus palabras, “solo quedan los ciborgs”. Ese el mundo de Nawja y Raúl Santos, aka SupercineXcene, con quien mantiene un idilio musical y ha parido los tres últimos álbumes desde Carefully. “Nos juntamos con Walkabout (2006) y dijimos: ‘ya sabemos hacer pop’ y no nos volvimos a juntar hasta después de cinco años”, explica mientras se enciende un cigarro en una pequeña sala de exposiciones de Madrid donde presenta su disco y donde ha reunido a un grupo pequeño entre periodistas y amigos.

Fuma y habla rápido, cuenta verdades transparentes y responde honesta cuando le preguntan sobre el registro de su peculiar voz, “lo que hago, lo quiero hacer cómoda, canto con este tono porque es mi tono y, si quiero canto sentada que es como más cómoda me siento”. Pero su voz rasgada y baja no es por accidentes en las cuerdas vocales ni afonías, es la marca de la casa: “Podría subir unos octavos” y se arranca a cantar una estrofa de Respect de Aretha Franklin - estilo con el que empezó su carrera musical- “pero esta no soy yo”.



Precisamente, una de las críticas vertidas por parte de sus detractores es la falta de movimiento en el escenario, ese cantar cómoda al que se refería, no le importa desaparecer del centro de la escena para sentarse casi oculta al lado de Santos y su sintetizador. Lo que sí consigue es crear atmósferas que se acercan al trance con remezclas de sonidos electrónicos, con juegos vocales en los que su propia voz distorsionada se convierte en el acompañamiento coral, a veces violento, a veces tierno.

El lenguaje es el mismo, da igual el idioma en el que cante porque el mensaje llega; esta vez y desde que lo tanteara en su álbum anterior El Último Primate (2010) se decanta por el castellano, “sin que parezca muy quijotesco, me gusta como suena, la gente entiende lo que canto y creo que se puede sentir más cerca, no lo sé”. Tampoco espera que la gente cante en sus conciertos, “no soy Iván Ferreiro” y mira de reojo cómplice con media sonrisa a Raúl Santos quien, protegido detrás de la mesa de mezclas, espera paciente a que acabe la charla sin apenas intervenir.

¿Por qué cantar donde rugen los volcanes? “Es ahí donde se conecta la tierra con el sol, cuando alguien pasa, ellos lo detectan y rugen. Este álbum es un romance con la muerte, lo que más me gusta hacer: canciones densas y oscuras para el que las quiera oír”. La base empieza a despertarse desde las manos de Santos, una electrónica horizontal invade lentamente la sala, como un humo denso. Se acabó la conversación.

Nawja Nimri, cierra los ojos y comienza a cantar, mejor dicho, empieza a emitir susurros, al pie de un volcán.

Texto: Maite Garrido Courel